CRÍTICAS ESPECTÁCULOS 2017

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UN CADÁVER A LAS DIEZ. La Porciúncula Teatro.
Por Juan Monzú (Cronista Oficial de Puebla de la Calzada). 04/11/2017.

Habitualmente, o cuando menos con relativa frecuencia, aquello que a primera vista, y por su presencia, puede parecer pequeño, de dimensiones reducidas por su naturaleza, nos sorprende y viene a resultar que, por encima de sus espacios físicos, de sus proporciones o de sus propias definiciones, alcanzan espacios inabarcables de grandeza para bien de cuantos pasamos a su alrededor.
     Porciúncula, por definición, es una “pequeña porción de tierra” y podríamos traducirlo como “porcioncita”. Pero la Porciúncula por antonomasia, es una de las iglesias más antiguas de la cristiandad, erigida allá por la segunda mitad del siglo IV, en tiempos del papa Liberio, y llamada así – porcioncita–por sus exiguas dimensiones (un rectángulo de 4 x 7 metros). Se halla ubicada, convertida en capilla,  dentro de, y bajo su gran cúpula, la Basílica de Santa María de los Ángeles, en la frazione (equivalente de una entidad local menor) de Santa María degliAngeli, del municipio italiano de Asís, y es uno de los bienes pertenecientes al Patrimonio de la Humanidad.
Posiblemente, por la misma razón, poner en escena una comedia pensada para entretener, puede parecer sencillo, fácil, sin demasiadas pretensiones ni complicaciones. Pero atreverse a convertirla en una comedia de enredo, y representarla con fuerza y capacidad para mantener el interés, la intriga, la diversión, no puede ser otra cosa que carácter de grandeza, cualidad que agranda la intención y el hecho, y a quien o quienes son capaces, con su trabajo, de hacerse grandes desde la misma sencillez de su anonimato.
     La Porciúncula Teatro, puede ser, o parecer, tal vez “una pequeña porción de tierra” en el amplio y extenso continente, rincón del Olimpo y morada de las musas, que es el mundo del teatro, pero las almas descreídas y escépticas bien harían en pensar que, en sus actuaciones, Talía, la musa inspiradora de la comedia, la ilumina con la mejor de las sonrisas, para hacer de su sencillez, naturalidad, de su voluntad, carácter de dioses, de su esfuerzo, condición de continuidad y su proceder y actitud, ejemplo no solo de munificencia sino también, y sobre todo, de grandeza que dignifica al ser humano.
La comedia de enredo, nace, crece y se desarrolla por los complicados senderos de un argumento más o menos complejo y perspicaz que la adorne de interés desde el mismo instante en que se abre el telón, y que ha de mantener para, generalmente, terminar con un final inesperado y regularmente feliz. Y con ello, personajes misteriosos, burlescos, absurdos, estrafalarios, a veces grotescos, a veces cómicamente serios, que en medio de un abundante arcoíris de equívocos y conflictos cotidianos (sospechas, pasiones), pergeñan situaciones divertidas o ridículas, que conectan con el espectador hasta imbuirlos de su propia identidad escénica.
    Perola comedia no es fácil, y los es aún menos la comedia de enredo a poco que se precie; porque además de representación, necesita de una casi permanente movilidad, un ritmo que no para, un ir y venir constante, un entrar y salir, andar y pararse, y sentarse y volver a entrar y salir y venir y luego ir, sin dejar de hablar y gesticular, mientras la acción persiste, la historia se sigue contando, y el desenlace comienza a asomar, sin que lo parezca porque es comedia, y enredo y casi absurdo, a veces.
       La Porciúncula Teatro, con su obra “Un cadáver a las diez”, ha hecho buen teatro, teatro bien hecho, pero sobre todo ha hecho teatro del grande. Porque sus actores y actrices, incluso hasta más allá de la propia representación, que no perdió en ningún momento, una sola de esas especiales características de movilidad y equívoco, se engrandecieron con su trabajo, y por añadidura engrandecieron al propio teatro como arte y como representación, con el valor añadido de la voluntad, la ilusión, el esfuerzo y la intención de todos y cada uno de sus miembros. Pero en especial, con la inconmensurable capacidad, atrevimiento, ensueño y arrestos, de aquellos que con su trabajo, me transmitieron en más de un momento, la sensación de que su capacidad visual era infinitamente mejor que la mía. Y además actuaban; y además lo hacían bien; y además, transmitían seguridad en sus movimientos, firmeza en sus diálogos, conocimiento del tempo y la acción, y lo hacían dominando la escena con visos de gran experiencia y trazas de actores que alcanzaban cotas que iban más allá del trabajo aficionado. Todo, en brazos de… ¡Talía!
    Y además consiguieron entretener, interesar, “enganchar” en lo que sucedía y en lo que pudiera suceder. Y supieron divertir, arrancar al espectador la risa espontánea, sincera, abierta, repetida, y adornada con un poso de satisfacción dispuesta a volver a reír a la primera ocasión. Y ocasiones no faltaron. Y lo hicieron, unos, desde la ilusión, y las ganas de actuar y entretener; otros desde la experiencia de años y un generoso carácter para compartir conocimientos y colaborar en su expresión; y otros desde la habilidad, no solo la que desarrollaron en el movimiento escénico, sino también la de la seguridad en el dominio, en todo momento, del espacio y el tiempo, y ante la que, personalmente creo, no queda mejor opción que admirar y aplaudir con la más sincera y afectuosa fascinación.
 La Porciúncula no tiene nada de pequeña en cuanto hace sobre el escenario, ni tampoco los que la componen lo son. Porque antes bien, y por encima de técnicas, experiencias, condiciones y rigores, su forma de mostrarse, desde la más humilde sencillez, los inviste de la más absoluta grandeza, y les ciñe el laurel de los héroes. Porque unos cuantos héroes mueven la acción con verdadera delicadeza, avezada práctica y desbordante ilusión, cuando La Porciúncula sale a escena.
     El cadáver de las diez, inesperado, fue una buena razón para reír y disfrutar de una noche de teatro de enredo movido, sin perder coma ni punto, por quien bajo un nombre que parece querer identificar algo pequeño, nos mostraron sin aspereza que pueden ser grandes, que son grandes desde su misma sencilla humildad.
   Y eso, también pude, y debe, ser patrimonio de la condición humana.

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EL BURGUÉS GENTILHOMBRE. Teatro de Papel.
Por Juan Monzú (Cronista Oficial de Puebla de la Calzada). 21/10/2017.

Mucho tiempo antes de que, merced a la prosperidad alcanzada por el impulso, entre otros, del paso del sistema feudal al sistema capitalista, - cuando se la identifica con la llamada clase media acomodada - la burguesía era una definición, un término que identificaba al grupo social que componían los habitantes de los “burgos”, nombre dado a los núcleos urbanos nacidos en el entorno de las viejas ciudades. Sus habitantes, los burgueses no eran nobles ni pertenecían al clero(clases privilegiadas de la sociedad), ni tampoco eran señores, ni siervos, ni campesinos. Eran mercaderes, artesanos, o ejercían otro tipo de profesiones como la medicina, la gramática, el derecho o la farmacia.
    El gentilhombre, era alguien de condición distinguida, incluso podía ser noble, que despachaba con el rey asuntos de relativa importancia, como el triunfo en una batalla o la rendición de esta o aquella plaza. Existían hasta seis tipos de gentilhombres debidamente clasificados en función de su desempeño. Gentilhombre de boca, que acompaña al rey durante las comidas; gentilhombre de cámara que lo acompañaba en sus aposentos privados, como ayuda del sumiller de corps; gentilhombre de manga, que servía al príncipe durante su minoría de edad; gentilhombre de placer, o bufón. Y también gentilhombre de la casa y gentilhombre de interior.
 Durante el Antiguo Régimen (aquel tiempo de las monarquías absolutas), los burgueses que conseguían enriquecerse con sus negocios, tenían como objetivo principal conseguir convertirse en cortesanos, tener acceso a la corte, ver al rey, poder hablarle siquiera fuera un saludo y por tanto, ser reconocidos como gentilhombre, lo que le confería una importancia y un cierto acercamiento a los estamentos privilegiados de aquel engranaje social tan particularmente especial. Aunque la nobleza más rancia, no soportaba con agrado su presencia, entre otras razones, por su falta de cuna, de nombre, de alcurnia.
      Así pues, la emergente clase burguesa, medró con todos los medios a su alcance por convertirse en aristócratas, llegar a palacio y alcanzar algunos de aquellos puestos que la posibilitaban codearse con la caduca alta sociedad, (a la que en buena medida va a reemplazar lentamente), lo que podía dejarle expedito el camino hacia el ansiado nombre y la codiciada prez, la reputación y la fama que reportarían prebendas y beneficios que, finalmente, les otorgaría un importante y dilatado poder, influencia y capacidad de decisión en la sociedad de los tiempos venideros.
El desarrollo y prosperidad en el tiempo, le van a permitir ejercer un importante poder, político y económico, especialmente en las modernas ciudades-estados italianas (Florencia, Milán, Venecia, Mantua, Siena o Génova) con familias como los Médici, Sforza, Gonzaga, Visconti, Colonna o Doria. A partir del siglo XVIII, la burguesía va a tener una importante presencia en las llamadas revoluciones burguesas, como la Revolución Francesa o la Independencia Americana o la Revolución de Octubre Rusa (1917), conocida como revolución proletaria y socialista.
      Moliere, seudónimo de Jean Baptiste Poquelin, aborrecía las falsas apariencias que el florecimiento de las monarquías absolutas, en especial la corte de Luis XIV, imponía en un tiempo de cambios en frentes como la religión y las ideas sociales.
Y critica con fiereza, sin ambigüedades, y hasta de forma despiadada a veces, a los falsos sabios, los médicos ignorantes y la actitud pretenciosa de los burgueses enriquecidos, a los que retrata como seres ignorantes, grotescos, incultos, torpes, ingenuos, y los convierte en víctimas de la astucia del bergante de turno que socaba su ignorancia, además de su casa y su bolsillo, sin reportarle nada a cambio salvo palabras de halago.
      El Burgués Gentilhombre, Monsieur Jordain, está dispuesto a comprar todo lo que ni la naturaleza ni su condición de comerciante, le han enseñado, ni él va a conseguir aprender jamás a pesar de sus grotescos esfuerzos. Moliere lo ridiculiza una y otra vez, sin concederle un solo momento el beneficio de la duda y la posibilidad de lograrlo. El burgués quiere comprar el conocimiento y la cultura, a través de la filosofía, la danza, la música y el manejo de las armas. Y, en especial, quiere comprar la posibilidad de ser recibido por el rey y su venia para conseguir ser gentilhombre, al tiempo que intenta entroncar con la nobleza a través de una marquesa viuda, a la que galantea con una suerte de alcahuete, otra apariencia burlesca y falsa, que lo va esquilmando con engaños, falsas promesas y mentiras lisonjeras que el pobre burgués, cree ciertas y merecidas.
  Todo en la obra busca ridiculizarlo sin misericordia, airear su falta de cualidades, mostrar su ingenuidad, escarnecer su ignorancia que él cree conocimiento, astucia y habilidad, descubrir el tamaño de su vacuidad, para con todo ello señalar en fondo y forma la hipocresía y el engaño de la sociedad de su tiempo, en especial la de la aristocracia a la que tacha de obtusa, inútil, ambiciosa, ruin y miserable.
   Una obra, originariamente compuesta en cinco actos, que fue estrenada el 14 de octubre de 1670, que más allá de los trajes y las formas, no ha perdido un ápice de actualidad y, antes al contrario, parece más vigente cuanto más avanzan los tiempos, estos en los que abundan por doquier las apariencias, las ambiciones, las luchas de poder y las maniobras por conseguir un puesto, una prebenda o un favor.
Teatro de Papel, en su habitual línea de seriedad y profesionalidad de sus montajes, a los que siempre viste y reviste (decorado, vestuario, luz, música) de una escenografía rayana en lo espectacular, nos trajo al mejor de los burgueses posibles, gracias al saber hacer, de años, de sus intérpretes masculinos y femeninos que, una vez más, estuvieron a la altura de sus ya, sobradamente, demostradas cualidades y capacidad escénica. Granada, Antonio, Julio, Juan Antonio, Granada, Lola, Claudio y Fernando, este con una cuantitativa y cualitativa mejora con respecto a la primera vez que lo vi sobre un escenario, nos entretuvieron y divirtieron, mostrándonos la soberbia y la ignorancia humanas.
Que no acabarán nunca de pavonearse delante de los demás, a plena luz del sol, asentándose en la sociedad como si de un bien común a preservar, se tratase. Los burgueses gentilhombres no faltan, están ahí, caminan a nuestro lado y además están comenzando a creerse el ombligo del mundo. Como dice el poeta: “Todo pasa y todo queda…” (A. Machado).

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PENAL DE OCAÑA. Nao d'amores.
Por Juan Monzú (Cronista Oficial de Puebla de la Calzada). 20/10/2017.

     Posiblemente las guerras, todas, pero especialmente las que nos rozan la piel con las arrugas de la cercanía más allá del tiempo, guardarán eternamente una historia nueva, un detalle, el matiz, las sombras ocultas que alguien no quiso contar, la herida ignorada de quien guardó silencio, el dolor de quien no tuvo fuerzas para alzar la voz y quejarse, el pulso del recuerdo que, quién sabe si casi extraviado en el olvido, de cuando en cuando ha de susurrar, murmurar lo que los vientos calientes de un día, grabaron a fuego – y lágrimas – en la piel inocente de su espíritu.
Las guerras – malditos los que las provocan y los que las declaran, los que las crean y los que las hacen crecer, los que no las evitan y los que no las detienen, los que las encienden y los que no quieren apagarlas – dejan siempre en los bolsillos rotos de los que de verdad la sufren, un inextinguible rastro, ignorado y callado, cuya marca ni el tiempo ni el olvido, consiguen borrar del todo a pesar de la intención y de la poderosa fuerza de la capa de los años, porque de cuando en cuando, el desgarro de la piel se hace sentir, y el fogonazo de la muerte anónima necesita abrir los ojos de par en par para mirar la ausencia, tan siquiera de un nombre en las laudes del recuerdo, de aquellos que un día sintieron caer el ultimo grano de su reloj de arena, cuando el amanecer le abría la vida.
      Bajos los escombros de la guerra, siempre hay un cuerpo inesperado, un pecho abierto, una mano crispada que espera la mano salvadora, una extensa mirada fría y agonizante, negra y redonda, que grita mil preguntas que no encuentran eco en el aire espeso de las cenizas; bajo los escombros de la guerra siempre existe el dolor, entre resentido e impotente, el inexplicable sufrimiento que precisa un consuelo extraviado tras el eco del bombardeo, incluido el bombardeo del recuerdo; bajo los escombros de la guerra, los físicos y los anímicos, siempre hay un corazón que sangra bajo el desgarro de una herida invisible; una ilusión rota, un proyecto frustrado por el grito de una proclama, un aullido ahogado en el resplandor del miedo, un niño sin vida, una madre, una casa vacía, un campo quemado, un sueño roto, un alma sin cuerpo.
      Y también, la inocencia de los ideales puestos al servicio de la causa, que finalmente acaban convertidos en una guerra particular, abundante como un hospital de sangre, de heridos que no lloran, muertos que no terminan de morir, tullidos que se rebelan inútilmente, extraviados que no se encuentra, llantos escondidos, repulsión, entrega, cartas que hablan de ayer y de mañana y, en el fondo sublime de los fondos del alma, ganas de todo; de quedarse, de irse, de huir, de creer en algo, de dejar de creer, de ayudar, de rendirse, de ganar y de perder.
Bajos los escombros de la guerra, están las personas, los hospitales y las prisiones que guardan las penas que cada grito callado de las ilusiones y las ideas y los futuros, se traga, envuelto en la amarga saliva de la nada y la guerra. 
Penal de Ocaña, es una de esas historias, una de esas sombras, uno de esos gritos que claman por los sueños robados en aquellos años de 1936-1939, por los anhelos de libertad, en definitiva de vida, que se fueron quedando en las trincheras, en los hospitales, en los penales, en las universidades y en las casas solitarias, derribadas por el zarpazo de la guerra. Porque Penal de Ocaña es un retrato de guerra; una imagen, extrapolada a un piano y un escenario, de los enfrentamientos, de la desesperación de quien no quiere morir y de la serenidad de quien se sabe jinete inexorable del silencio eterno; de la irremediable pérdida de casi todo y de la irrespirable consecuencia.
Y nos muestra el dolor, mezclado con el ideal; la agonía, casi confundida con la satisfacción de la distancia, el rojo de la sangre, enredado al rojo y el negro de la militancia, la ruina de los bombardeos, unida al triunfo de la cultura en el Centro Histórico, el fatal olor de los despojos, combinado con la fragancia de las flores y del aire de la primavera; el exceso y la escasez, el sonido de los llantos y el silencio de los pasillos vacíos, la fe y la incredulidad, el mutismo y la música.
     La guerra siempre ha de quedar una sordina, quizá indolora, quizá casi invisible, tal vez extrañamente cercana, en el alma de quienes de verdad las pierden, los que las viven en primera línea y los que no las vivimos, los de abajo, porque “cuando los de arriba dicen este es el camino de la gloria, los de abajo dicen este es el camino de la tumba” (Bertolt Brecht).
   Tal vez, la guerra “vuelve estúpido al vencedor y rencoroso al vencido” (F. Nietzsche), o no, pero lo verdaderamente trágico de la guerra, bajo los muertos y los desaparecidos, por encima de las represalias, las desapariciones y las venganzas, más allá de las tumbas anónimas y los muertos sin tumba, es la voz eterna, inacabable, reverberadora, que nunca calla el nombre, la voz, y el llanto de los que fueron quedando atrás, de los que fueron obligados a morirse en vida y de los que fueron empujados a vivir muriendo.
Nao D´Amores, sin resentimientos, de la mano de Eva Rufo– acertado hilo conductor de la narración– fielmente identificada con el tiempo y las circunstancias, e Isabel Zamora, silenciosa colaboradora necesaria que habla con música, nos llevó hasta la humanidad que la guerra extermina sin remordimiento, hasta el sentimiento que la guerra anula de un manotazo, hasta el dolor que nunca se olvida, hasta los rostros ignorados y desaparecidos, y hasta la serenidad que la guerra ejecuta, sin desvestirlas de un halo de esperanza que no reniega de sus principios.
    Quizá, sobre todo por experiencia, sería un buen momento para llevare la contraria a Andrew BonarLaw, cuando asegura que “no existe la guerra inevitable; si llega es por fallo del hombre”, y que los gobiernos callen los tambores, guarden las armas, hablen con la voz de las leyes y decidan poner fin a las guerras para que las guerras no impongan el fin de la humanidad.
   “Cuando los tambores hablan, las leyes callan, y las leyes callan, cuando hablan las armas” (Cicerón)
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LAS PRINCESAS DEL PACÍFICO. La Estampida Teatro.
Por Juan Monzú (Cronista Oficial de Puebla de la Calzada). 14/10/2017.

En estos tiempos veloces en los que parece que estamos cambiando no solo las prioridades sino también las cosas importantes, y las urgencias adquieren distintos y diferentes principios, la soledad, la miseria, los miedos, están siendo relegados a la categorías de resultados del progreso a modo de daños colaterales, y los hemos instalados en nuestro día a día para echarles un vistazo de cuando en cuando, que en función del buen o el mal sabor de boca de la mañana, nos permita mirar hacia otro lado sin que se nos inquiete la conciencia.
     Este permanente fijar objetivos, complicados a veces, insólitos y casi desmedidos, en el que estamos convirtiendo la vida, nos está llevando de forma lenta, pero segura e imparable y en un ejercicio de egoísmo o de inconsciencia, a estar cada vez menos conectado con el individuo por el individuo, a ser más particulares mientras clamamos, en el desierto de las nuevas necesidades, por la colectividad, la asociación de civilizaciones, y la identidad de los pueblos, dejando a un lado, y convirtiéndola en invisible, la felicidad de las pequeñas cosas, tal vez porque como dijo John Locke, “el hombre olvida siempre, que la felicidad humana es una disposición de la mente y no una condición de las circunstancias
 En la eterna e irresoluble dualidad razón/sentimiento, mente/corazón, intelecto/pasión, la balanza no siempre permanece en su fiel, no siempre se inclina a favor de uno y el mismo, y tal vez casi nunca, mide la mejor de las condiciones ni las equilibra. Y así, de un tiempo a esta parte tal parece que, en las batallas contemporáneas, gana terreno la capacidad de la razón, la frialdad de la mente, la planificación del intelecto, a la fuerza del sentimiento, la llamada del corazón, o el ardor de la pasión. Y es posible que todo, sea solo cuestión de sentimiento.
   Sea como fuere, la soledad y los miedos, incluso la miseria, en especial la emocional, que posiblemente no sea más que una soledad espesa y dolorosa, una soledad oscura de la que no se pueda salir, o no se sepa, sobre todo una vez rebasado el punto de no retorno, ganan terreno y conforman su propio espacio, que avanza y aumenta en silencio. Una soledad a la que nos estamos acostumbramos a ignorar, a la que no prestamos atención o, en todo caso, le dedicamos un minuto de conmiseración, y entonces nos duele su dolor, nos apiadamos del tic-tac de su corazón solitario, y la olvidamos, sin darnos cuenta de que tal vez, como dijo el maestro don Antonio Machado “un corazón solitario, no es un corazón
     Soledad, miedos, miseria, que abocan al ser humano, con la indiferencia de la mayoría de esta sociedad crematística que respiramos y que se reviste al mismo tiempo de realidad y fantasía, a convertirse en fiera irreconocible refugiado en la guarida de sus instintos, al resguardo de su verdad y protegido, paradójicamente, por los mismos objetivos que lo han desplazado al otro lado del espejo. Y entonces, todo está más lejos, más abajo, y es más lento, menos fuerte. El mundo se reduce a una pantalla de televisión, incluso a traves de la ventana, y a la mentira que la miseria engendra para no morirse de aburrimiento y desesperación.
    Las Princesas del Pacífico, son en sí mismas y por encima de lo grotesco, del ridículo permanente que supuran sus conversaciones, soledad, miedos y miseria. Estas mujeres, que La Estampida Teatro ha vestido de “multicolor amargura” nos cuentan, con una casi entretenida y distraída letra y en tornasolados episodios, el negro más negro de la irremediable tragedia en que se han convertido sus vidas, abundantes de miseria, de soledad, de miedos y de aislamiento, a pesar de los convencionales saludos vecinales, causa y efecto, motivados por las gotas autodestructivas que fluye en nuestra condición y nuestra sangre. Que son las de muchos seres ignorados que duermen en la calle, que no tienen para comer, y hablan, de sus cosas, con sus adentro, que encontramos en cualquier acera, en cualquier esquina, en cualquier horizonte, gris y solitario, por más brillante que luzca el sol y más poblado que esté el mundo moderno.
     Tía y sobrina, sobrina y tía, viven una vida diferente, porque han olvidado, o las han obligado a olvidar, que son humanas ante todo; han dejado el sentimiento, o se lo han empujado, en su más primitivo estadio, los instintos; y viven ocultas en su madriguera afectiva, a la defensiva de todo y todos, pero especialmente de sí mismas aunque posiblemente no lo saben, y encarnando lo más trágico del ridículo humano, el indoloro dolor más intenso del alma, la irrealidad más tangible de un mundo real que vive y que ellas no comprenden.
 Y se han olvidado, o las han obligado a olvidarse, de su piel, de su esencia – o se las ha arrebatado el invisible ímpetu de la modernidad –; se han despojado de su auténtico ser, de lo que les da forma y las hace pensar y razonar – o las hacía razonar y pensar – para convertirse en dos fieras humanas con aspecto inocente, capaces de ilusionarse y desesperarse sin esfuerzo. Y es que como “el hombre solitario es una bestia o un dios” (Aristóteles), las Princesas del Pacífico, víctimas y verdugos, se han convertido en diosas de su nada, su vacío, y su fantasía, y en bestias que sonríen mientras matan, y vuelven a su quimera, en formas de mujer.
Cada una de sus ocurrencias, es la llave de una queja; cada una de sus sonrisas, es la lágrima de un llanto inconsolable, cada una de sus burlas, es el testigo más punzante de su dramática tragedia, cada una de sus muecas, es la ventana de su desesperación, cada uno de sus tristes y profundos silencios, es la claraboya de su furia más contenida, de su capacidad para sobrevivir de aquella otra manera. Un viaje, un premio, el mínimo rostro de la suerte, la sutil mirada de otra realidad, no son otra cosa que elementos extraños, un nuevo decorado, un horizonte para mostrarnos el auténtico rostro de su soledad, sus miedos y sus miserias que no son otra cosa que invariables poemas de infelicidad, irremisibles voces de fatalidad, insondables mundos de venganza, que ellas nos cuentan con la serenidad y la credibilidad de la chanza humorística, que no consiguen ocultar la verdad que socava su sentimiento.
Agustina y Lidia, Alicia Rodríguez y Belén Ponce de León, tía y sobrina, sobrina y tía, nos mostraron el semblante más amargo del ser humano, que puebla calles y ciudades, en unos tiempos de modernidad y progreso; nos dejaron ver, la cara más oculta de nuestra flaca condición, y nos gritaron, entre ocurrencias y chascarrillos, y nos contaron a viva voz, la más absoluta de las tragedias humanas, que crece a pesar de las venas palabras, mientras nos llevaban al fondo de la sima más oscura de nuestra alma.
    Tía y sobrina, sobrina y tía, que siendo dos, son una en esencia, miran al mundo desde un lugar diferente, una atalaya sumergida en el submundo de los instintos, mientras asoma por las sombras grotescas de su cotidianeidad y el opaco horizonte de sus intenciones. Que ellas tal vez desconocen, pero saben, en su aparente ignorancia, a donde lleva, en donde comienza y donde está la línea en la que se confunde con la realidad.
     En definitiva, Alicia y Belén, entre sarcasmos, ironías y burlas, con un sereno juego escénico, una buena dirección y un trabajo perfecto, cuidadoso, gracioso, esmerado y plagado de recursos, que mantuvo el pulso de la acción en todo momento, dejaron sobre el escenario los posos más negros que el ser humano es capaz de generar desde la inocencia que, a veces, dibuja nuestra mirada. Y con un gesto inocente, aunque desconfiado, abrieron tal vez, las puertas del infierno. Porque  “el infierno está todo en esta palabra: soledad”. (Víctor Hugo)

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RETABLO JOCOSO DE LA MALDITA ARMADURA. Atakama Teatro.
Juan Monzú (Cronista Oficial de Puebla de la Calzada). 13/10/2017.

Posiblemente, quien sabe, cuando en el Siglo de Oro de las Letras, hace su aparición la comedia del disparate, que se acostumbraba a representar durante las Carnestolendas (Carnaval) o incluso en la noche de San Juan, a más de un erudito le debió parecer un atentado contra las buenas maneras del teatro y, tal vez, más de un clásico pensó en un harakiri emocional, dadas las formas usadas y la permanente burla que servían de fuerza motriz para su puesta en escena.
Tal vez, a buen seguro y por el contrario, a alguno de los espectadores de “la tertulia”, habitualmente el clero y los corregidores, a más de una de las mujeres de “la cazuela” y hasta a más de un “alojero” de los que se arracimaban junto al zaguán del patio de comedias, les pareció que alguien había tenido la feliz idea de crear una farsa que, de la mano de la burla y la chanza, y – por mejor decir en lenguaje actual – del desenfado, el desparpajo y la espontaneidad, les proporcionaba una vía de escape difícil de conseguir por otros medios, dadas las condiciones “medioambientales” de la situación real de aquel imperio en el que no se ponía el sol.
     La comedia burlesca o comedia del enredo, en mayor o menor medida ridiculiza sin mala intención, aunque con ciertas gotas de mala uva, los valores anquilosados no solo de la moral de aquel tiempo, sino también de lo que se consideraba respetable, intocable, e incluso tabú, para una nobleza que parecía no querer entender de casi nada de lo que de verdadpasaba. La comedia burlesca remeda aquella situación ya por medio de una parodia caricaturesca, o de una, a veces desmedida sátira deformada de la realidad, ya con la exageración humorística de aquellos valores, principios y modos sociales que intentaban ocultar la deshonra, la penuria y la falta de recursos, mientras ansiaban, con mil estrategias, mantener un nombre o una posición, irremediablemente deteriorados, caducos y agonizantes.
     La comedia de enredo nos muestra, sin aliños, la realidad que escondían las sedas y brocados de señoras y señores de alta clase social, las desnudas ramas que en realidad eran sus títulos y sus nombres, la hipocresía, en suma, de sus normas, sus preces y sus modales. La comedia de enredo, muestra el barro de sus chapines, ocultos bajo el guardainfante, la basquiña, el zagalejo o guardapiés, el manteo o el tontillo; las miserias guardadas en las faltriqueras de calzas, jubones,zaragüelles y gregüescos; las ambiciones, los deseos, las falsas victorias y las disimuladas derrotas.
La fortuna evaporada, los caudales disipados, el honor comprometido, la alcurnia complicada, el orgullo sobrado, la honra mancillada,el linaje consumido, el pretendiente que no llega, la reputación menguada, el prometido que se va, la dama que no sosiega, el caballero que no es tal, son los predicamentos de la comedia burlesca o de enredo. Que, tal vez, no es otra cosa que la verdad envuelta en el celofán del descaro, del juego, de lo imposible, del disparate, de la astracanada, de la permisividad escénica y lingüística, de la sublimación de la vida y de la muerte en clave de burla.
Atakama Teatro, hace un buen trabajo para hablarnos, con buenas e importantes dosis de humor, de la ambición y la hipocresía, de la mentira y el amor, usado como moneda de cambio para acercarse a otro u otros objetivos menos románticos pero, eso sí, más productivos, más rentables, más provechosos para el peculio y el patrimonio. Con una clara y definida intención de entretener, al ritmo sencillo del enredo salpicado con gotas de un fino absurdo, todo en la acción contribuye a conseguirlo.
Desde la multicolor puesta en escena, hasta el movimiento a veces imparable de los personajes y los diálogos, en especial aquellos en los que “la maldita armadura” pasa a ocupar el protagonismo – casi como un remedo del fantasma del padre de Hamlet y hasta de la estatua funeraria del Comendador en el Tenorio –convirtiéndose como aquellos en un inesperado narrador de lo que ha de ser y venir, para ponernos en situación. O no.
     A medida que nos va llevando por los caminos de su historia – madre en la ruina, niña mona, pretendiente indeseado y anciano rico, víctima propiciatoria que ha de remediar ruina y situación familiar – añadiendo un ilocalizable tesoro que todos quieren por una u otra razón, parece que hubieran querido rizar el rizo de lo grotesco en un guiño cómico a las grandes dosis de falta de verdad que a veces, tal vez, forma parte de la verdad de las verdades de cada cual y cada quien.
     El Retablo Jocoso de la Maldita Armadura, nos cuenta todo eso jugando sin reparos ni falso rubor – y posiblemente hace bien –con alguna de las comedias de aquel siglo de Oro, con un texto sencillo y alguna lógica y apropiada licencia que encaja con acierto en la alegre trama, no por conocida y tratada, menos divertida.
       Con un proclamado guiño, en decorado y vestuario, a Las Meninas, parece que de cuando en cuando también intentan insinuarse con mayor o menor intención, a la Celestina que, torpe y menos malintencionada pero no menos interesada, se asoma al desparpajo de la Pascuala; y quien sabe si también lo hace con Don Gil de las Calzas Verdes, las del protagonista, y con el Tartufo, a veces tardo, a veces inservible, casi siempre irresoluto, y a la postre ingenuo y de no demasiadas luces. Y con Tristán y Ludovico, personalmente quiero acercarlos al Perro del Hortelano.
Definitivamente, JC Corrales mueve al personaje, Tristán, y la acción, sabiendo lo que hace y lo que tiene que hacer, salvando las dudas con “tablas”; Rakel Jiménez, consigue una Pascuala muy acertada en gestos y aspavientos, Rocío Montero (Elvira) como protagonista de una comedia burlesca, rompe el molde de la pudibunda prometida – aunque alberga la misma inocencia que Tristán –, Elena de Miguel (Cristina), dibuja a la madre desesperada por salir de la penuria a la que se ha visto abocada por mor de la viudez, y Rubén Miguel Latorre, se encarna en un Ludovico quijotesco que, a la postre, soluciona el problema a su modo y manera.
Atakama Teatro consiguió su objetivo: hacer comedia burlesca, entretener, divertir y arrancar más de una sonrisa con gestos, mutis, giros verbales y escénicos, y licencias históricas y de todo tipo y condición. Y al final, “la maldita armadura”, despreciada y vapuleada por casi todos, era el propio tesoro. ¡Y colorín, colorado!

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EL ÚLTIMO AMOR DE LORCA. EX3 Producciones.
Por Juan Monzú (Cronista Oficial de Puebla de la Calzada). 12/10/2017.

Presentar a Federico García Lorca, mostrarlo en su esencia de poeta y dramaturgo, debe suponer una tarea ingente y dificultosa, porque no en vano aquel espíritu atormentado y rebelde, soñador, iluminado e ingenuo, debió ser, y es, prácticamente inabarcable. Resucitar de cuando en cuando su voz, sus inquietudes y hasta sus instintos, ha de suponer un supremo esfuerzo de intención, de buena intención.
Posiblemente, sacarlo a escena, darle cuerpo, traerlo en carne y hueso, desvestido de poesía
pero adornado de vanidad y soberbia, convertido en alguien de la calle aunque sin arrebatarle la aurea corona de figura principal de las letras del siglo XX, dibujarlo en el mundo del sufrimiento real, de las inquietudes que hay que imaginar, del sudor y la palabra desabrigada del escenario del día a día, y sometido a las furias de los sentimientos y debilidades del ser humano, es comprometido si se le quiere dar el tono de seriedad que, por encima del hombre y del poeta, toda vida merece, si no se quiere caer en lo fácil, porque Federico García Lorca, posiblemente no era, no fue, ni fácil ni elemental en sus pensamientos y sus actos públicos y privados.
Antes al contrario, por lo que nos han contado y por lo que supura su obra con la vivificación de un nuevo lenguaje teatral – escénico, corporal y dialectico –, García Lorca fue un espíritu complejo, agitado, insumiso y comprometido, en el que no cabía lo superfluo, ni lo insípido, y en el que anidaba un ansia constante de búsqueda, de innovación y aprendizaje, no solo en la poesía y el teatro sino también en la música, el “cante jondo” e incluso en la constante tragedia de sangre de los toros, que retrata hasta casi palparla en su “Llanto por Ignacio Sánchez Mejías”.
Un espíritu que iba de la más acendrada sensibilidad a la más desbordante pasión, que de
la mano de los instintos, lo hacían ocupar un amplio espectro en aquel enrarecido horizonte de un mundo en movimiento que no encontraba el momento de sosegarse. Unos tiempos inquietos y agitados y una sociedad que, en mitad de un interminable desasosiego, salía pero no salía de un atraso de años que la revestía de todo menos de nada. Ante todo, García Lorca, era un ser humano al que hicieron brillar las luces de su intelectualidad e hicieron sentir, tal vez llorar, las sombras y las luces de sus instintos, el resplandor de sus sentimientos y la fuerza de sus pasiones. Instinto y pasión son intrínsecos al ser humano más allá de la condición de intelectual o ignorante, o cualquiera de las muchas que nos hacen personas, individuos iguales y diferentes.
Tal vez por esa complicada combinación de sentidos, puestos posiblemente a partes iguales
al servicio de las letras y de la calle, ponerlo en escena con la fuerza y el rigor de la verdad
desnuda, la del hombre y la del autor, para mostrar una parte de esa individualidad, más
supuesta que sabida, indudablemente ha de ser un agotador ejercicio en el que han de entrar en juego los músculos del alma, las fibras del empeño y la energía de la determinación más absoluta.
Porque a nadie se le oculta que aquella sociedad dividida entre progreso e involución, cultura e ignorancia, libertad y sumisión, verdad e hipocresía, también estaba dividida entre el rechazo, absoluto o velado, y la aceptación del hombre y su homosexualidad, que muchos pocos imaginaban y suponían, y pocos muchos sabían y callaban, porque siempre estuvieron convencidos de que lo que más podía importar de Federico García Lorca, era simplemente Federico García Lorca.
El grupo EX–3 Producciones, ha sido capaz de “resucitar” los últimos días del poeta y contarnos la existencia de un último amor, que no único, Juan Ramírez de Lucas, de 19 años, su ultimo amante conocido, que no único, aunque según Iam Gibson, “el más hondo amor de Lorca” fue Rafael Rodríguez Rapún, hasta donde se sabe, heterosexual.
Vimos al hombre y al genio. Vimos al Lorca desenfadado, y al engreído y cargado de ironía y sutileza, propiedades que a buen seguro poseía en altas y sobradas dosis; y vimos al Lorca, rayano en la tiranía del genio, al que alaban unos y otros no contradicen. Pero también vimos al Lorca sobrado de ingenuidad – real o fingida, puesta al servicio de sus propios intereses –, que le impide ver la gravedad no solo de la situación general sino de la suya propia, a pesar de haber sido tiroteado dos veces. Vimos al ser animoso, soñador y entusiasta, invadido por el pánico más absoluto víctima de la más grande inseguridad, al que le tiembla el cuerpo por la proximidad de un estreno. Tal vez, vimos al genio completo y exacto que fue.
Y vimos al Lorca entregado a una nueva ilusión que no quiere perder. No puede, ni quiere, desprenderse del fulgor de los halagos y las muestras de admiración, pero cuando llega la noche, en ventas, tablaos y mentideros y cuando cierra la puerta, solo están el hombre y sus pasiones.
Lo demás, la sociedad, el mundo, es transitorio, adicional, vacío. Los proyectos van a quedar en su intención, su ilusión y su ingenuidad. Quizás ocultos en su llanto escondido.
Ay, el llanto del genio parece el llanto de un niño sin madre, y llora con las lágrimas de una
madre que ha perdido a su niño; lágrimas que nos muestran al hombre sensible y tal vez, por qué no, refugiado tras las luces metálicas del aplauso que no conseguirán defenderlo de las furias del animal hombre.
El grupo EX–3 Producciones, con oficio, manejando el espacio tiempo, con movimientos gestuales y físicos, con una interesante línea argumental sobre un decorado necesariamente sencillo y apropiado, nos llevó hasta los momentos íntimos y soberbios del granadino, hasta los adentro más humanos y los afuera más arrogantes del poeta, hasta los miedos disimulados del niño que posiblemente nunca dejó de ser y los éxitos del autor que, vestido de ser humano, triunfó más allá de quien quiso ser y casi todos se empeñaron en intentar evitarlo. Federico García Lorca se nos presentó bajo la piel de JC Corrales que lo dibujó creíble y casi real, en una abundancia de registros, salpicados de demasiados momentos innecesariamente cómicos; Concha Rodríguez se enfundó en el traje nada fácil de Margarita Xirgu y su estreno de Yerma; Miguel Pérez Polo, nos mostró a Juan Ramírez de Lucas, “el rubio de Albacete”, y lo hizo con fuerza, con ganas y con generosidad; Javier Herrera, pone serenidad y comprensión dando vida a Otoniel Ramírez; Ana Franco como Pura Ucelay (de nombre real Pura Maortua Lombera) amiga del poeta, mujer adelantada a su tiempo y fundadora del Club Teatral Anfistora, Raquel Palma como Maruja y Rull Delgado como Andrés, ponen un contrapunto ya de equilibro, ya de ruptura que conforma, la imagen más idealizada de los grupos culturales de la época.
Entre todos, nos encarnaron en un Lorca coronado por su obra, el Lorca único por supersonalidad, sus virtudes y sus defectos; y el Lorca humano, el inseguro, el débil, el apasionado, el que bajo los trajes brillantes del reconocimiento y el homenaje, daba rienda suelta a sus instintos dejándolos desbocarse por los campos más recónditos de su naturaleza, y sucumbía, lejos de las poses sociales, las sonrisas obligadas y los saludos necesarios, a ellos, con el derecho de su razón y la fuerza de su voluntad. Vivimos a Federico García Lorca, rozamos su voz, caminamos por sus inquietudes, palpamos su obra y casi, casi, lo vimos morir en primera fila, mientras escribía su última carta y, quien sabe, tal vez su último Soneto del amor oscuro.
A pesar de todo, en más de un momento a lo largo de la representación, Lorca se me “perdió”. Porque ante todo y por todo, Lorca es rigor, drama y tragedia, poesía que llora, que canta, que se estremece y conmueve, y teatro que riega la tierra seca, que llama a las puertas más inesperadas.
Por ello, me parece que su verdad y su realidad, que se pueden contar de mil diferentes maneras, pero no le corresponde ni enfoque particular ni toque personal que las disfrace.
Porque se le travistió con la imagen más caduca de la homosexualidad, ahora que, dicen los
que saben, queremos terminar con estereotipos y clichés impropios de un tiempo de progreso y renovación como los nuestros. Y porque Lorca, posiblemente, y a mí me lo parece, en su vida privada, y en la pública, fuera de todo menos “loca”.
A su pesar, El último amor de Lorca, fue un gran espectáculo y un gran momento para disfrutar de una parte de la personalidad de unos de los personajes más grande de la literatura universal de todos los tiempos. Y un hombre que vivió como supo y quiso. Tal vez, solo como lo dejaron. Pero, posiblemente, lo hizo de frente y sin disfraces
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TRENES QUE PASAN
Por Juan Monzú (Cronista Oficial de Puebla de la Calzada).

El inabarcable arco iris de la humanidad, ese espectro familiar y cotidiano convertido a veces en borrón que mancha el lienzo de la coherencia hasta seruna sombra perpendicular que termina contaminándolo todo, no es más que una multiplicación de estaciones en donde se detienen, o no, los trenes que cargan con nuestras glorias y miserias, nuestros triunfos y fracasos, junto a lo que nos viene dado por la intrigante voluntad de los hados y los dioses, si es que existen.
     A pesar de nuestra soberbia, elevada a veces a categoría de presunción, de nuestra indiferencia, de nuestras creencias y nuestros ideales, los dioses o el acaso – vaya usted a saber ni no son lo mismo – que acostumbran a ser volubles, caprichosos, inesperados y más de una vez desalmados, de cuando en cuando nos bajan los humos y deciden quitarnos lo que creíamos nuestro y hasta lo que en derecho nos pertenece.
¡Incitados, naturalmente, por los manejos del propio ser humano, que no pone remedio a su contumaz y casi obsesiva costumbre de atentar, desde siempre, contra sí mismo! 
Entonces, nos damos cuenta de que estamos solos a pesar de los ruidos, de las risas ajenas, de las voces de la calle y de las manos que dan y reciben, y que no tenemos, no podemos o no llegamos; entonces, vemos que las luces no brillan, que la calle la alumbran poco más que sombras, y nos convencemos, a cambio de nuestro desengaño, de que la ausencia – o la carencia, o la falta de lo que antes sobraba –, va de nuestra mano, se sienta a nuestra mesa y se enfunda nuestro pijama.
A la sombra de un tiempo mejor,que se ha refugiado – desaparecido, cercenado, roto– tras el viento del recuerdo, se enfatizan los imposibles, las nostalgias, las dificultades, la soledad y los sentimientos, incluso aquellos que parecían dormidos más allá de los sueños y las pesadillas. Las estaciones, sin que hayamos sabido o podido evitarlo, se van quedando vacías y el tren resopla, alguna vía por la que la vida respira de otra manera, un casi inacabable retraso. Y las cosas,  incluso las pequeñas cosas que nos hacen la vida más serena, más llevadera, cambian, se oscurecen, y apagan el ser y su sentido de los más débiles, persona, casa o barrio.
El progreso, el poder y la desorganización, representados en un cuerpo solitario de hierro y hormigón que se muere de inanición y abandono, alarga su sombra sobre el café de Anita, y lo han condenado a ser poco más que una figura obligada a aceptar su moribundo presente, sumida en un extraño olvido; un lugar en donde lamen sus heridas, el resentimiento, la aceptación, el conformismo, las ganas de libertad, los anhelos de sobrevivir y los sueños, de unos parroquianos que intentan resistirse a comenzar a olvidar, por encima de sus derrotas, de la crisis, de los conflictos y de los pensamientos, en medio de una tierra de nadie y un camino a ninguna parte.
El café de Anita se ha convertido en una cueva en la que se refugian a partes iguales la realidad y la incapacidad, los fantasmas y las furias, los miedos y las miserias, las ganas de irse y las de quedarse, las revanchas imaginadas y los silencios consentidos; caminos y veredas del día a día que alguien o algo convierte en sendero obligatorio en pago de su afán, su insaciable egoísmo, su falta de escrúpulos, y la anchura de sus ambiciones, que fortalecen en los infortunios ajenos. Cada uno con sus razones y sus excusas, los clientes buscan vaciar sus recelos y sus desesperanzas, para seguir viviendo sujetos a sí mismos y a lo que fueron y tuvieron un día, cuya pérdida se resisten a aceptar a pesar de palpar su realidad, que apuntala su memoria, y sus consecuencias, que refuerzan su dignidad.
     Don Carmelo, intenta ser la cordura que parece encontrar, como explicación a la mentira o el desacuerdo, en el periódico en donde refugia un pasado mejor y un presente sereno y resignado que salpica de una atenuada rebeldía. Junto a él, Manuel, Fernando y Pepe, y Anita, que sobrevive víctima de sí misma, sus miedos y sus indecisiones, hablan, comentan, viven sus entusiasmos y sus apatías a la sombra deun modo de vida, que han perecido sacrificada por manos y circunstancias que no son suyas y engullida por la voracidad del poder y su poder, y del dinero, cuando imponen sus condicionesy su forma de entender porvenir, progreso y bienestar. 
      Y así se incuba, con la misma fuerza, la venganza de unos y la desidia de otros, la protesta sumisa y la violenta, la voz rota de los sueños extraviados por entre el aroma del café recalentado y las cuentas impagadas, y el grito ahogado de los fantasmas que no descansan en paz; y el regusto de saberse víctimas atadas a la imposibilidad y quién sabe si ancladas en el andén de una estación de la que se han olvidado de pasar los trenes que pasaban
Palique Teatro nos muestra, desde una perspectiva dura y realista que se cubre a veces de crueldad – real, viva, que existe – a un nostálgico y sereno anciano con un pesimista optimismo, a un dolorido trabajador superviviente de los manejos empresariales que busca venganza con su propia vida como moneda de cambio, a un ser conformista que calla y baja la cabeza, al padre de familia que se rompe y se violenta, y a la tabernera, que vive sujeta a un pasado que no arranca de su ser y no se atreve a romper con lo que la asfixia y le duele.
    Rostros de una verdad existente a la vuelta de cualquier esquina de cualquier barrio de cualquier ciudad, que viven una situación fácilmente reconocible, y que si uno a uno forman parte de esta realidad que adorna este cotidiano dia a dia nuestro, tal vez, no se entendería completamente sin todos juntos, como si fuera piezas independientes de un todo que sufren en primera persona, las mismas consecuencias que asolan al grupo.
  Una notable actuación siempre creíble, realista, sin sobreactuaciones, cercana, palpable, tangible, bajo una acertada dirección y un buen juego escénico, dan vida a un texto cuajado de verdad y exento de adornos innecesarios para mostrarnos como sus almas, cada una de esas almas, lloran los mismos dolores que lloran los cuerpos y los sentimientos de todos.
Los trenes que pasaban cerca del café de Anita, han dejado de pasar o, tal vez, son otros diferentes, con destinos diferentes y quién sabe si vacíos de sueños y oportunidades. Pero, en definitiva, trenes que en mitad de este progreso inherente al desarrollo y la evolución de la especie, para una buena mayoría más vienen a ser como aquel tren en el que viajaba el poeta, “siempre sobre la madera de mi vagón de tercera” y “ligero de equipaje”.
Un equipaje, que ha ido desapareciendo paso a paso, en cada estación en la que se han detenido esos trenes quepasan, en manos de poderosos y sin escrúpulos de toda clase, condición, pensamiento, ideología y tendencias, y casi nunca vemos, para llevarse nuestros resultados o para dejarnos sus desastres.

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EL SOLDADITO DE PLOMO
Por Juan Monzú (Cronista Oficial de Puebla de la Calzada).

Algo parecido a las palabras de Alfonsina Storni, “Cuando sobre tu pecho mi alma fue apaciguada, yo puse entre tus manos toda mi fantasía”,llamó a las entretelas de mi imaginación mientras miraba y veía, con la ilusión de un niño, la atención de un adulto y el interés del niño-hombre que habita en mí desde siempre y hasta siempre, la verdad, hecha escena, de la fantasía puesta al servicio de los sentimientos, la realidad de la imaginación hecha impulso tangible que duele en el fondo del alma, y no encuentra consuelo más allá de los bordes de esa misma alma, y de la materia con que ha sido concebida, imaginada, escrita o representada.
    Y es que si, como dijo Ortega y Gasset, “la fantasía tiene fama de ser la loca de la casa”, es posible que cuando falta ese punto de locura, la casa sea diferente, como si se convirtiera en otra cosa o no pudiera ser más que un lugar frío y distante, albergue de sentidos y sentimientos conviviendo en el más completo desorden, lejanos unos de otros, apartados de sí mismos y de su verdad, haciendo del mundo una imagen en blanco y negro.
Porque la fantasía puede convertir un corazón de plomo en una profusa fuente de sentimientos que imagina el instante próximo y sufre con la ausencia; la fantasía, puede hacer vibrar a una muñeca de porcelana, convertir la imagen del optimismo y la despreocupación, de la risa, en un ser cascarrabias y pesimista, e insuflar vida y emociones, en el inanimado cuerpo de una bailarina que hasta entonces, solo ha sabido moverse por la fuerza de un resorte mecánico.
Nacido en 1838, como un cuento para niños, de la imaginación de Hans Christian Andersen, el Soldadito de Plomo muestra un mundo casi tan real desde la inocencia de sus personajes, y sin desvestirse de sus ropajes de fantasía, que hasta lo inverosímil alcanza visos de posibilidad.
Un cuento apropiado para ese niño que sigue, o debiera seguir, eternamente dentro de cada de uno nosotros, hombres y mujeres con experiencias y conocimientos, y que lentamente sucumbe victimas de nosotros mismos. Porque su corazón de plomo rezuma delicadeza, timidez, inocencia; pero también ganas de vivir, esperanza, ilusión, más allá de su condición de muñeco y por encima de su ser inacabado o defectuoso. El soldadito, es inquietud y sufrimiento, y miedo y desaliento, pero también ilusión, confianza, sueño, y afán.
 Sentimientos, valores o debilidades que, si desde el papel parecen humanizar a los protagonistaspor la vía de las emociones, elevados a la materialidad del escenario, la realidad de los cuerpos y la movilidad de los gestos, alcanzan condiciones tan perceptibles, que ennoblecen la condición del ser, supuestamente, superior de la creación. Sentimientos, valores o debilidades que otorgan a la bailarina voluntad y decisión, desde su corazón mecánico, insuflado ya de calor y vida, para abandonar el inmovilismo de su propia naturaleza; que mudan el frío espíritu de porcelana de la muñeca, cansada de todos y de sí misma, en ánimo, utilidad y favor; que transforman la ironía y la burla del payaso en confianza y empeño, y hacen del soldadito un ser que sufre, desde su timidez, por amor, y desde su indecisión, por las inquietudes y los desmanes de la rata, un ser totalmente entrañable y, en el fondo, el más inteligente a pesar de sus bromas y exigencias.
Con un trabajo desarrollado con maestría y representado con un gran dominio de la escena, el tiempo y el espacio y perfectamente contado para niños y mayores, El Avispero Producciones ha llevado al teatro una hermosa adaptación del clásico infantil. Con un sencillo decorado, pero suficiente y delicadamente apropiado, que sostiene el peso de la historia con elegancia y sencillez, con un ritmo narrativo no exento de guiños humorísticos modernos, nos ha contado una historia tan creíble como fantástica, tan sencilla como interesante, que muestra en la piel metálica, de porcelana o de trapo, de seres por naturaleza inanimados, y también bajo la apariencia desagradable de un roedor, todos esos sentimientos propios y únicos, dicen, del ser humano, como son la esperanza, la ilusión, el ánimo, la amistad y, sobre todo, el amor.
      Mientras que Simón Ferrero dibuja con verdadera ternura, bajo su uniforme de soldado con defecto de fabricación, un espíritu apocado de plúmbeo corazón arrebatado de cariño y sufrimiento, Tito Oruga se crece, aumenta, ocupa,  llena, en esencia y presencia el escenario, con un increíble desarrollo de palabras, movimientos y gestos, para dibujar un personaje malicioso, interesado, hábil, inteligente, inquisitivo y, definitivamente, aliado y confidente.
Blanca Chaparro es la muñeca de porcelana que sin olvidarse de su condición, disfruta cuando piensa, cuando siente y cuando protesta con razón o no, y Ana Rodríguez – excelente, como recurso y como figura, la imagen de la muñeca girando en su caja de música – es el corazón más inocente incluso desde su naturaleza metálica de necesario resorte. Los niños rieron y fueron felices; los mayores, sonreímos y nos sentimos afortunados.
    El final feliz con camino que se abre para el soldadito y la bailarina, en un rio de aguas serenas que los llevará al futuro imaginado en su imposible imaginación, aunque se aleja del original, no deja de ser el esperado y deseado por todos y cada uno de nosotros, en nuestros mundos particulares de seres dotados de alma que arde,  corazón que late, y sentimientos que nos mueven, nos enseñan, nos engañan y nos revisten de niños o adultos.
    El Soldadito de Plomo, nos hizo disfrutar de un tiempo que, a todos, se nos hizo corto, pero se quedó en nosotros y, no cabe duda, ahí seguirá durante mucho tiempo en cada una de las ocasiones que nuestros corazones vibren por una ilusión o porque una fantasía adorna nuestras, a veces, endurecidas consciencias.
     Y porque como dijo el poeta inglés Samuel Taylor Coleridge, “la fantasía no es otra cosa que un modo de memoria, emancipado del orden del tiempo”. ¡Afortunadamente!

 

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JULIE – La voz de cristal
Por Juan Monzú (Cronista Oficial de Puebla de la Calzada).

Cuando al hombre le da por hacer bueno el pensamiento del premier británico Neville Chamberlain (1937-1940) de que “para hacer la paz se necesitan dos, pero para hacer la guerra basta con uno solo” y estar en contra de Cicerón, que decía preferir la paz más injusta a la más justa de las guerras (si las hubiera), es cuando se convierte en un lobo para el hombre (Homo homini lupus)y se desata el tiempo de las fieras.
      Es entonces cuando se quiebra el cristal de las voces delos auténticos perdedores de cualquier guerra más allá del bando que celebre la victoria. Es entonces cuando la vozde los inocentesse ahoga de llanto, cuando se le terminan las ilusiones y les arrebatan las esperanzas; es entonces cuando se resienten, se desmoronan y se resquebrajan los sentimientos, cuando la soledad se reviste de desolación, se corona de palabras que nadie escucha y se convierte en refugio y alimento.
Es entonces, consecuencia del desatino del momento, cuando el sentido deja de tener sentido y los instintos se convierten en anfitriones de los ferocescomportamientos y en descarnados tiranoscontra la más elemental y primariade las emociones que se le suponen al ser humano. Y es entonces cuando los resentimientos dejan paso a las venganzas, cuando los odios se disfrazan de extraña legalidad e insólita justicia – personal, enconada y dolorosamente injusta –, y cuando entra en vigor adornándose de potestad y vigencia,lextalionis, la ley del talión, aplicada por el código natural de la represalia más inmoralmente justificada por la conciencia del hombre.
Julíe, la voz de cristal que rasga la noche parisinay vive para sí y para quienes la escuchan hasta desde el fondo quebradizo del deseo contenido, tal vez no entiende, ni quiere, de las ambiciones personales de los tiranos que manejan, tristemente, una parte del mundo, pero esconde sus miedos detrás de un maquillaje obligado, un guiño forzado o una sonrisa dibujada sin ganas y tal vez oculta su temor en el horizonte caliginoso de las noches del Sena, y calma su espanto en el pesado insomnio del inviernode la dominación.
      Pero Julie, la voz de cristal, y tal vez por ello,se ve obligada, empujada, humillada, arecluirse en una insoportablemente caudalosa soledad, en donde su único interlocutor es un perro invisible que parece contestarle tras una puerta que la incomunica con la vida. Su mundo, es un reducido cuchitril en donde sus vivencias, de ayer mismo, no dejan de ser casi ululantes fantasmas que vulneran el más delicado fondo de su alma y sus pasiones; su mundo es apenas un montón de agridulces recuerdos que se mezclan atropellados con la, casi todavía tangible, sensación de latigazo de las voces que le escupen lo prohibido de una actitud, que a ninguno de aquellos defensores de la moral atacó, hirió o perjudicó; y aquel sucio desfilar de manos sobre su cuerpo que, en una corrompida coreografía de golpes, desgarros y burlas, la arrastran a la desnudez más impúdica y vergonzante que una mujer pueda sufrir. Su mundo es un ayer roto por las cóleras de la guerra, y sus consecuencias, que lo arrasa todo, incluso el amor, porque lo convierte en conveniente o prohibido, como una víctima más de las inconsciencias del hombre.
Y es que en el tiempo de las furias, la soberbia humana se eleva y se envanece hasta creerse capaz y suficiente para juzgar y condenar la bondad o no de la intimidad del cuerpo y del alma, la conveniencia o no, de los sentimientos que se quedan en aquel ignorado rincón del corazón que no conoce de bandos ni lugar en las trincheras, aunque tenga que pagar por ello.
Julie, la voz de cristal, se quiebra en mitad de un mundo de silencios que zumban en su interior con el grito desgarrador de las ausencias, el aullido de las alarmas y la detonación de las bombas. Julie, se arruga frente al frío aliento de la absoluta soledad que la prohíbe y la desvanece del mundo de los vivos, del que es parte incontestable a pesar de los manotazos, las burlasy los rencores.Julie, casi ni se queja y no pide nada; Julie solo teme por la persona amada aunque represente a su enemigo en la guerra; pero su guerra es otra, su guerra es el amor por encima de todo, en donde está su futuro, que no tiene, su ilusión, su vida, que le pueden arrebatar en un segundo inesperado.
Julie, la voz de cristal que rasgaba la noche parisina, que no se tiene ni a sí misma, solo es, y a pesar de los salivazos, ni más ni menos queuna mujer enamorada que busca, necesita y reclama el derecho y la libertad de amar y ser, y seguir siendo, amada. Lo que termina por hacer innecesaria la condición de inocencia o culpabilidad que la convirtieron en la víctima más irracional de las pasiones humanas. Porque la verdad de Julíe, lo que mueve el instinto de supervivencia de Julie, lo que a pesar de su marginación y su profusa soledad, de su imaginación, sus recuerdos y sus ilusiones de volver a ver el Sena, la llevaa seguir fundando esperanzas, su ambición, es estar firmemente convencida de que “amar no es mirarse uno al otro, es mirar juntos en la misma dirección” (Antoine de Saint-Exupéry) Y los ojos del alma, hemos de seguir creyendo que ven más que los contaminados ojos del cuerpo, y más allá de los uniformes cuando estosse desprenden de su significado y su esencia.
       Con una precisa puesta en escena que rezumaba la soledad y la oscuridad de un tiempo que jamás ha de volverse a repetir, la compañía Teatro Mutedan, con la obra del extremeño Miguel Murillo, muestra con una impresionante carga de realismo y veracidad, de la mano de su protagonista, la verdad del dolor que duele de verdad, más allá de las muertes y las cárceles, en los corazones de todos, pero especialmente en los corazones a los que les urge amar y ser amados en tiempos de guerra, los corazones que se desangran mientras esperan,a lomos del miedo y sobre los puentes de la soledad,a que amaine el temporal de los ríos poblados de egoísmos, despreciosy hostilidades, que se inundan de muertos.
Los momentos de espeso silencio que pespuntean la obra, parecían gritar que deberíamos llorar por nosotros mismos, si somos capaces de condenar y ejecutar con el desprecio, la soledad y la vergüenza,hasta la intangibilidad de los sentimientos.
     “Tristes guerras, si no es amor la empresa”, dijo el poeta. Y sabía lo que decía.

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